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October 27, 2011

Todos estamos de acuerdo que en la danza no debe de haber competencia. Sin embargo ha habido un incremento significativo en la cantidad de COMPETENCIAS que hoy son parte de los grandes eventos de “belly dance”.

Competir no te convierte en una bailarina egoísta que aprecia el arte en números. Con el compromiso te dedicas a la soledad y al atrevimiento de saludarte de tu a tu, de yo a yo. A través de la creación de una coreografía se plasma nuestra reacción a la vida. La escultura en movimiento que controlamos es reflejo de cómo vivimos nuestro presente. Son horas enjauladas en una pieza musical que guarda el goce acumulado en nuestra respiración y piel. Todo por un pequeñito futuro coreográfico planificado con tanto amor a los instantes que es casi una plegaria de amor.

Competir es la necesidad de expresar nuestra manera de amar la danza y recibir a cambio una observación honesta como herramienta creativa y artística. Hay que dejarse leer y asumir las consecuencias de llamarse artista. El público no es nuestro esclavo y hay que respetarlo. Egoísta sería bailar sin motivación y sin tener la noción de que la danza al fin y al cabo es pura expresión. Se debe bailar con el corazón cuando se tienen personas delante, hacerlos escuchar la felicidad, espantarles el mal humor del momento, ser su poema del día.

No hay que competir para poner esto en práctica.  Sin embargo me atrevo decir que no hay opinión más constructiva que la de un público profesional que lo único que sabe sobre ti es los cinco minutos que acaba de ver. Finalmente como buenos artistas nos debe importar cuál es la reacción que provocamos más allá de la frontera de ser nosotros mismos. Sin el otro nuestra creación realmente no tiene sentido.

Como competidora siempre he querido comunicarme con veracidad y humildad. Siempre que bailo estoy al tanto que allí al borde del escenario, en lo que parece ser un abismo de luz blanca yace un público que danza conmigo.

Estoy muy deseosa de ver todo el talento de mi isla hermana Republica Dominicana. Con mucho amor y admiración, Valerick Molinary.

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